Cuando
inició una precesión, terminó la otra. Ambas signadas por la muerte, las
dos atravesadas por la vida. Tanto la una como la otra dejan ver hasta
dónde puede llegar barbarie humana. Recrean la pasión vivida en la
primera, coinciden en que esas muertes fueron ordenas por poderes que se
sienten amenazados por los pequeños de la historia.
El atrio del templo fue el lugar del encuentro, un mismo instante fue
punto de llegada y punto de partida. Jesús y Manuel sabían del peligro,
de los poderes que enfrentaban, denunciaron con claridad los riesgos,
las amenazas; con sus acciones los dos afirmaban la dignidad de un
territorio: Jesús ante la invasión romana, Manuel ante la invasión
empresarial. Dicen los evangelios que un puñado de pueblo solidario
acompañaba a Jesús en lo que sería el camino hacia la muerte y posterior
resurrección, otro puñado del pueblo acompañaba a Manuel y Samir hasta
el sepulcro, a pesar del miedo de mostrarse solidario y dolido ante la
mirada de los victimarios que recorrían Chigorodó.
En la semana santa es central el camino hacia cruz, el viacrucis,
recorrido por Jesús desde hace 2000. La conmemoración coincide con el
viacrucis de los reclamantes de tierra en Colombia, que se ha logrado
visibilizar en casos como los de Curvaradó y Jiguamiandó, que muestra el
peor de los rostros en los crímenes de Orlando Valencia, Walberto
Hoyos, Benjamín Gómez, Argénito Díaz, la desaparición de Everto
Gonzalez, el crimen de los hermanos Agames. A Manuel y a Samir les
asesinaron como a Jesús. Manuel un afromestizo que trabajó durante 27
años, la mitad de su vida, por un pedazo de tierra para sus hijas e
hijos. Samir, un adolescente que por acompañar a su papá corrió la misma
suerte de él. Con la porción del territorio del Curvaradó adquirida,
Manuel quería asegurar la vejez de su compañera y la suya. Ojalá su
entrega no sea en vano.
El texto de la Viña de Nabot (1 Re 21) iluminó, en el sepelio, el
significado de este acto de barbarie, de este acto que expresa la
decadencia de la humanidad, profundo significado de estas muertes de
reclamantes de tierras.
El campesino Nabot tenía su finca al lado del palacio del rey, a
quien le pareció bien quedarse con ella y quitar a Nabot de allí, por
eso le propuso comprársela o cambiarla por otra tierra. El campesino se
negó porque allí estaba su historia, la de su familia, su dignidad, su
memoria. El rey contrariado le contó a la reina que el campesino no le
había querido vender la finca. Ella le recordó que él era el que mandaba
en el país y se ofreció para arreglar el problema: “yo me encargaré de
darte le finca”. Hizo cartas, comunicaciones con los sellos oficiales,
consiguió testigos falsos, también del pueblo, movió sus influencias en
los círculos de poder y convenció al “pueblo” de la perversión del
campesino, quien fue considerado un riesgo para la gente de bien porque,
según la reina, hablaba mal de dios y del rey, pues cuestionaba el
poder. El campesino fue condenado a muerte. Todo iba muy bien para los
planes de la reina en favor del rey: Nabot estaba muerto, su muerte
había sido conforme a la ley, con la complacencia y complicidad de los
poderes político, económico y religioso. La reina quedó bien ante el rey
al cumplirle la promesa de entregarle la tierra, no había obstáculos.
Pero Dios se cruzó en el camino del rey cuando iba a tomar posesión de
la viña del asesinado Nabot, enviando al profeta Elias para reprocharle
su proceder y recordarle las consecuencias funestas de su actuación. El
rey sabe lo que ha pasado por eso llama al profeta “enemigo mío”. El
profeta en nombre de Dios dijo: “así que después de matar, te adueñas de
la tierra?”
La historia de la tierra se repite a través del tiempo. Esperamos que
llegue el día en que se empiecen a arrepentir los reyes, las reinas,
los malvados, los cómplices y aduladores de toda la historia quienes
desde diversas instancias de poderes políticos, económicos, religiosos,
mediáticos de ayer y de hoy justifican la infamia. O por lo menos que
haya justicia por sus crímenes. Esperamos la justicia.
El viacrucis vivido por Manuel y su hijo Samir, por toda su familia
antes, durante y después de la desaparición y asesinato ha tenido trece
estaciones. Meditémoslas, intentando ubicarnos en su lugar.
1. Manuel, al igual que otros 46 líderes del Curvaradó y Jiguamiandó,
denunciaron infructuosamente ante las autoridades competentes las
amenazas contra sus vidas. Estaban condenados a muerte.
2. Manuel fue detenido por la policía de Mutatá, luego de que paramilitares le gritaran “guerrillero".
3. Manuel y su hijo fueron bajados del vehículo por paramilitares, en
el que se transportaban hacia su tierra. Como corderos eran llevados al
matadero.
4. Las autoridades responsables de activar los mecanismos de búsqueda
de los desaparecidos no actuaron para garantizar la vida a Manuel y su
hijo, no les importó el dolor, ni cumplieron con su deber, al fin de
cuentas esas vidas no valen nada. La policía se excusó diciendo “el
puente es un punto rojo donde hemos sido atacados varias veces, por eso
no vamos ahí”.
5. Los cadáveres de Manuel y Samir fueron encontrados por familiares y
miembros de las Zonas Humanitarias quienes se negaron a escuchar las
autoridades que decían que era peligrosa esa búsqueda, la fuerza de la
solidaridad, de la dignidad fue más fuerte que el temor.
6. La familia Ruiz Gallo se desplazó por temor, para salvar su vida,
salieron sin rumbo sin saber a dónde ir, como lo habían hecho en 1997 y
en el 2001. Aumentaron los cerca de 6 millones de desplazados que hay en
Colombia.
7. La esposa, los hijos y los nietos de Manuel, desplazados
forzadamente por temor a las represalias, se encontraron con los padres,
los hermanos, las hermanas y los sobrinos llegados de distintas partes
del país, en el parque de Mutatá. Las miradas de los vecinos conmovidos,
de los habitantes indolentes y de los victimarios llegaron a sus
corazones en medio del dolor por la pérdida de sus seres queridos.
8. El derecho que tienen un desplazado al alojamiento de cada día, a
la comida para niños, ancianos y adultos, la atención en salud brilló
por su ausencia. Las familias debieron exigir y ante las carencias,
hasta implorar ayudas mientras instancias oficiales dijeron que el
Estado estaba cumpliendo todas sus obligaciones constitucionales. Qué
abismo entre las palabras y la realidad!.
9. La esposa y los hijos volvieron por unas horas a la finca para
rescatar algunas pertenencias que hicieran menos duro el desplazamiento.
Hicieron el mismo recorrido de Manuel y su Hijo hacia la muerte. Uno de
los habitantes del lugar los bendijo por haber rescatado los cuerpos de
sus seres queridos, posibilidad que cientos de familiares no han podido
tener.
10. Frente a miembros de la familia Ruiz, en la alcaldía de Mututá,
miembros de la policía, del ejército, de la unidad de atención a
víctimas y otras instancias oficiales afirmaron que habían buscado a
Manuel, que estaban presentes al momentos de encontrar los cadáveres,
que estaban prestando la atención humanitaria adecuada. “Será una
presencia una ayuda invisible porque nada de eso hemos visto”, dijeron
los familiares. El gobierno solo llegó hasta los cuerpos cuando los
familiares y miembros de las Zonas Humanitarias, los habían localizado.
11. Solo hasta las 10:00 p.m. del día sábado pudo llegar la familia a
Chigorodó para descansar un poco y esperar los restos para darles
cristiana sepultura, no había una posada para ellos. Desde el jueves
oficialmente se había dicho que todo estaba listo.
12. El Estado tardó 48 horas para trasladar los cadáveres hasta
medicina legal, 6 horas demoró la necropsia y 22 horas para trasladarlos
de medicina legal a la sala de velación de la funeraria, en total 76
horas dolor e indignación de la familia. Una hora y 40 minutos pudo la
familia velar, acompañar a Manuel y Samir.
13. A las 5:30 p.m. del domingo, después de las exequias, la policía
fue al hotel donde estaba la familia hospedada, tocó a las puertas para
decirles que debían salir porque solo había pagado un día, el programa
integral de atención a víctimas.